domingo, 22 de julio de 2012

Mozart, el Réquiem


Hacer algo digno

1. A modo de introducción

El común de los mortales suele manifestar una cierta afición por los aforismos, y a veces termina por defender con vehemencia alguna de las muchas “leyes generales” deudoras del prejuicio. “Las sociedades funcionan de tal manera”, “la Política funciona de tal manera”… Perjudicial tendencia que, cuando se trata de Música, continua presente, solo que con un contenido distinto, del tipo “esto es Música y esto no” o “esto es buena música y esto no”, amén de otros más audaces que declaran la muerte de la misma o pronostican cuándo morirá.
Sin embargo, el rechazo de afirmaciones tan poco sólidas no es óbice para hacer comentarios con cierto ánimo generalizador, sin buscar otra cosa que una pequeña aproximación. Así, al oyente de música clásica (en la acepción de música “culta”) tal vez le dé por asegurar que los momentos verdaderamente jugosos de un compositor se encuentran, en un alto porcentaje de casos, en las obras escritas desde el ecuador de su vida en adelante, con especial atención para los trabajos que remiten a los últimos años de actividad. Es una postura comprensible, tomando en consideración que en los periodos de minoría de edad (que ocupan casi la mitad de la existencia en el caso de compositores como Mozart o Schubert), fecundos o no, rara vez se hayan los hitos. ¿Excepciones? Por doquier. Chopin, sin ir más lejos, compuso sus inmortales tres nocturnos Op. 9 (en un catálogo de hasta 72 obras) cerca de los veinte años.
El mundo de la música popular, infinitamente distinto, no ofrece posibilidad alguna de determinar qué discos, canciones o grabaciones tienen mayor status, si las primeras, las últimas o las intermedias. Además, en el siglo XX, la mano hedionda
de la gran industria musical ha llevado a innumerables músicos, cantantes y grupos a fabricar material a toda costa, recurriendo al autoplagio si hace falta, de modo que la longevidad de un artista ya no es sinónimo de calidad. ¿Podrían observarse en el presente ejemplos tan extraordinarios como el de Jean Sibelius (destacado compositor finlandés que, por motivos de lo más enigmáticos, renunció a la publicación de obras durante los últimos treinta años de su vida)? Seguramente no, por su escasez y porque rara vez la humildad atrae la mirada mediática.
Mozart constituye la anomalía genial imposible de clasificar; no hay categoría que le haga justicia. ¿Están sus producciones de alto nivel concentradas en una etapa vital particular? Difícil pregunta. De un lado, el talento se reparte por su catálogo de composiciones como la lluvia, en su descenso, jamás discrimina entre terrenos o materiales; no obstante, del mismo modo que las particularidades de la superficie hacen que en varias zonas el agua de la lluvia acumulada sea mayor, lo más imprescindible del austriaco se localiza con mayor facilidad en sus trabajos tardíos. Mención especial merecen La flauta mágica (de fuerte inspiración masona) y, cómo no, el sempiterno Réquiem, encargo inacabado, de hecho: la muerte arrebató a Mozart la posibilidad (entre otras muchas) de darle las últimas pinceladas.

2. Antes y detrás del Réquiem

Conviene, antes de asaltar de lleno el Réquiem, bosquejar las características de la Viena de 1791 y de, al menos, unos años antes.
Jose II es emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (al que pertenece Viena) hasta 1790. Bajo su gestión, las relaciones con Prusia han empeorado, casi tanto como la situación económica a causa de la guerra que enfrenta al Sacro Imperio con los turcos. Así, los músicos a sueldo de la Corte Imperial de Viena ven menguado el número de florines que reciben anualmente. Mozart, en 1787, como kammermusicus de la Corte Imperial (rango inferior al de kapellmeister, que ostenta en la misma corte el cinematográficamente sobredimensionado Antonio Salieri), sufre esta rebaja en sus propias carnes mientras procura, por medio de préstamos que varios amigos le conceden, superar un apuro económico inaudito para él.
Leopoldo II sucede a José II en 1790, y con él la estabilidad política y económica del Imperio mejorará considerablemente, recuperando Viena su inigualable actividad musical. Los aristócratas vieneses sienten una enorme predilección por la música. Todos tocan un instrumento (preferiblemente el piano), todos estudian música. Algunos compositores se quejan fundamentalmente del poco dinero que obtienen por su encomiable labor, no conscientes de que las décadas futuras serán todavía menos agradecidas: el decaimiento del mecenazgo aristocrático en los tiempos venideros supondrá una liberación, sí, pero conllevará al mismo tiempo una fuerte inestabilidad económica para los que consagran su vida a la música; éstos pasarán a depender más de la predisposición de los editores (de partituras, sin cuya mediación el compositor ni gana dinero ni se da a conocer), en tantas ocasiones arbitraria.

La elección de Mozart como compositor de cámara de la corte es fruto de “razones negativas”: le asignan el puesto no por un aprecio desmesurado; más bien debido el deseo de no dejar escapar a uno de los más aclamados compositores de Viena. ¿Qué pensarían en el extranjero si los hombres de talento están obligados a emigrar para continuar viviendo de su arte? Mozart recibirá 800 florines anuales (su mayor sueldo estable hasta la fecha) componiendo danzas, contradanzas y minuetos; música de baile en suma.
Arriba a la izquierda, la orquesta.
A las ambiciones de Wolfgang darían respuesta cargos de otro tipo, como el de kapellmeister (maestro de capilla) de la Corte Imperial o el de kapellmeister de la catedral de San Esteban, donde podría desarrollar con dedicación exclusiva su cada vez más fuerte inclinación por la música religiosa. De momento su atención se centrará en dar forma a piezas bailables que, además, una vez vendidas a los editores, le proporcionarán dinero extra. Juzgar con antelación que estas composiciones revisten superficialidad no sería extraño a la luz de palabras como las de Haydn en una carta a Artaria (la editorial más importante de Austria en aquel momento) que empieza así: “Como ahora me encuentro necesitado de algún dinero, tengo la intención de escribir para ustedes”. Mozart, no cabe duda, también compone para vivir; sin embargo, lejos de llevar a cabo un ejercicio productivo mecánico y vacío, consigue imprimir mucho de su talento y brillantez hasta al más insignificante encargo de la corte. Al respecto de su función como kammermusicus en relación con el dinero percibido, su juicio, más tarde, será rotundo: “Demasiado para lo que hice, demasiado poco para lo que podría hacer”.

Comprender la entrega absoluta de Wolfgang al Réquiem requiere de un acercamiento previo a su particular sentimiento religioso. En este orden de cosas, resulta oportuno señalar una carta que el joven Mozart envía a su padre en referencia a la enfermedad de una amiga de Salzburgo: “Tengo la esperanza de que ella se cure con la ayuda de Dios; en caso contrario, no hay que afligirse demasiado, porque la voluntad de Dios siempre es la mejor, y Dios sabe bien si es preferible estar en este mundo que en el otro”. Con idéntica serenidad o por lo menos mantenimiento de su fe soporta la muerte de cuatro de los seis hijos de su matrimonio con Constanze, cifra correspondiente a un tiempo en el que la mortalidad infantil alcanza datos sobrecogedores. La correspondencia mantenida con su padre Leopold, días antes de morir éste en abril de 1787, es igualmente reveladora: “Como la muerte es la verdadera finalidad de nuestras vidas, hace ya varios años que mantengo una relación estrecha con este amigo, el mejor y más verdadero de nuestras vidas, de forma que su imagen ya no solo me resulta aterradora,
Catedral de San Esteban. En comunicación
directa con Dios.
¡sino que se ha convertido en algo apaciguante y confortador! Y doy gracias a mi Dios por haberme concedido, en su bondad, la oportunidad (ya me entiendes) de darme cuenta de que ésta es la clave de nuestra verdadera felicidad”.
De todo ello se deduce el afán de Mozart por ocupar el cargo de kapellmeister en la catedral de San Esteban, hasta entonces en manos de Leopold Hofmann. En vista de que Hofmann sufre una grave enfermedad y está a dos pasos del cementerio, Mozart, con fervor y entusiasmo, redacta una carta solicitando el puesto al ayuntamiento, el cual toma una decisión favorable, y hubiera actuado en consecuencia de no ser por la extraña recuperación de Hoffman. El destino quiere que Mozart reciba el cargo -al que con tanta pasión ha aspirado- días antes de su muerte, en diciembre de 1791: “Ahora que he sido nombrado para un puesto en el que podría disfrutar con mis composiciones y que siento que podría hacer algo digno, tengo que morir…”, dice amargamente mientras da rienda suelta a sus lágrimas.

En julio de 1791, Mozart se encuentra con un mensajero de aspecto enigmático, el cual porta una carta en la que se solicitan sus servicios, concretamente para la composición de una misa de réquiem. De interesarle, Wolfgang tendrá que hacer frente a dos cuestiones: cuánto cobrará por el encargo y cuánto tiempo tardará en completar la obra. Acepta la petición, pero no responde con certeza a ninguno de los dos interrogantes. Al cabo de un tiempo, el sombrío mensajero regresa, con el objetivo de entregar una cantidad nada despreciable de ducados y prometiendo un segundo pago cuando el Réquiem esté terminado. Su mujer, Constanze, años después, declarará lo siguiente: “[Mozart] Debía escribir siguiendo sus propias ideas y estilo, pero no debía molestarse en intentar averiguar quién había hecho el encargo, porque sus esfuerzos serían inútiles”. Un informe también posterior indica que “Le espiaron [al mensajero] para ver dónde iba, pero los encargados de seguirle se descuidaron o les dio hábilmente el esquinazo; lo cierto es que no descubrieron nada. A partir de entonces Mozart se convención totalmente de que el hombre de aspecto noble era una persona verdadera extraordinaria, estrechamente vinculada al Otro Mundo, o incluso enviada desde allí para anunciar su final [el de Mozart]”.
Mozart empieza a componer el Réquiem inmediatamente. No obstante, la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia exige de sus funciones como artista a sueldo de la corte. No le quedará otra que trasladarse hasta Praga en un viaje de varios días. Además, tendrá que trabajar por entero y apresuradamente en la ópera La clemencia de Tito, hechos estos que interrumpirán los progresos del Réquiem.
A principios de octubre, tras volver de la coronación, decide reiniciar de nuevo la composición, prescindiendo de las pocas partituras que ya tenía esbozadas. El mensajero se presenta: han pasado varios meses y el encargo no parece haber avanzado en absoluto. Mozart reclama más tiempo. En breve podrá enfrascarse en el Réquiem, y vaya que si lo hará. Su vida, desde el 8 de octubre hasta el 20 de noviembre de 1791, apenas tendrá por objetivo otra cosa que la culminación de esta magna obra.
La salud de Wolfgang se ve paulatinamente mermada: a las poco favorecedoras condiciones meteorológicas hay que añadir el agotamiento que supone dedicarse con semejante intensidad a una obra, y todo ello tras el ajetreo de los desplazamientos entre Viena y Praga. Mozart, además, sufre una doble paranoia. La primera guarda relación con el envenenamiento: está seguro de que su debilitamiento es consecuencia de la acción de alguien que quiere verle muerto. La segunda, de contornos profundamente más místicos, hunde sus raíces en la percepción de Mozart de estar escribiendo el Réquiem para sí mismo, consciente de que le quedan pocas semanas de vida.
A finales de noviembre entra en cama. No se haya en condiciones de continuar con la composición. Víctima de una fiebre inflamatoria, emitirá su último suspiro el 5 de diciembre, muy a su pesar. La muerte le sobreviene en el momento de mayor lucidez de su carrera, cuando goza de un prestigio que no conoce fronteras y ha alcanzado el ansiado título de kapellmeister de la catedral de San Esteban; por no hablar de dos hijos y una mujer que a partir de entonces deberán arreglárselas por sí solos.

¿Qué sucedió realmente? ¿Para quién trabajaba el misterioso mensajero, para el Altísimo, para Salieri…? Ni una cosa ni otra. Hay que desplazarse mentalmente hasta el castillo de Walsegg para visualizar al artífice de la idea -que no del resultado final-, el conde von Walsegg, apasionado de la música y limitado intérprete de flauta. Disponía de su propio cuarteto, junto al que tocaba muchas de las piezas que por entonces sonaban en Europa. Contactaba con multitud de artistas solicitando composiciones que no eran distribuidas para nadie más, solo llegaban a él; después, las reescribía de su puño y letra y se las mostraba a sus músicos haciéndose pasar por el autor real de las mismas. La farsa nunca cosechó éxito, pero todos en el castillo fingían y mantenían el engaño para que la cándida ilusión del von Walsegg no se desmoronara.
Cuando su esposa murió, el conde decidió homenajearla de dos maneras, construyendo un mausoleo fastuoso y mediante un réquiem escrito por otro pero que lo haría pasar por suyo y lo interpretaría todos los años en el aniversario de la defunción. Para lo segundo, Mozart resultó elegido. Los continuos retrasos en la composición fueron motivo de disgusto para el conde, aunque nada debió hacer añicos sus planes tanto como el hecho de que Constanze, en invierno de 1972, enviara una copia de la obra ya completada a von Walsegg, y otra a los editores Breitkopf & Härtel, vulnerando el acuerdo de exclusividad que seguramente Constanze ignoraba. El que pudiera haber pasado a la historia como Réquiem de von Walsegg, quedó merecidamente en manos de la humanidad como Réquiem de Mozart. El conde, desde luego, tuvo la posibilidad de iniciar una demanda, pero finalmente, quizás por buena fe, quizás por evitar convertirse en el centro de atención, desistió.
Indicar también que la partitura final fue obra de Franz Xaver Süssmayr, discípulo de Mozart y personaje, al igual que Salieri, excesivamente amplificado. Cierto él pasó a limpio los borradores completos y trasladó al pentagrama las directrices, anotaciones, bocetos y recomendaciones personales que Mozart le hizo los últimos días desde su cama; pero la contribución artística de Süssmayr al Réquiem se limitó a dos piezas, el Sanctus y el Agnus Dei. Asimismo, el Communio final responde a una recopilación suya -a modo conclusivo- de varios momentos destacados al inicio del Réquiem.


3. El Réquiem

Ya en materia, apuntar que, con este tipo de misa, los creyentes rinden culto al tiempo que ruegan por las almas de los muertos y piden a Dios que los acoja, previo perdón de sus pecados. En clave antropológica, resulta fascinante esa comunicación pretendidamente directa con los cielos: los solistas y el coro tratan con el más allá sin mediación alguna, dentro del espacio público, y lo hacen en una representación que si, actualmente, sobrecoge, qué no debía producir en el estado anímico de las gentes hace más de dos siglos.
A continuación, la estructura del Réquiem mozartiano, en Re menor:

I. Introitus (Introito):
* Réquiem æternam (Dáles el Descanso Eterno, Señor)
II. Kyrie eleison (Señor, ten Piedad)
III. Sequentia (Secuencia)
* Dies iræ (Día de Ira)
* Tuba mirum (Magnífico Sonido de Trompeta)
* Rex tremendæ maiestatis (Rey de Tremenda Majestad)
* Recordare, Iesu pie (Recuerda, Jesús Piadoso)
* Confutatis maledictis (Confundidos los Malditos)
* Lacrimosa (Día de Lágrimas Aquel)
IV. Offertorium (Ofertorio)
* Domine Iesu Christe (Señor Jesucristo)
* Hostias et preces (Sacrificios y Preces)
V. Sanctus (Santo, Santo, Santo)
VI. Benedictus (Bendito)
VII. Agnus Dei (Cordero de Dios)
VIII. Communio (Comunión)
* Lux æterna (Luz Eterna)

Para su interpretación, además de órgano y de los instrumentos habituales de la orquesta sinfónica del s. XVIII, hacen falta cuatro solistas (de grave a agudo: bajo, tenor, contralto, soprano; en total dos hombres y dos mujeres) y un coro a cuatro voces como prolongación de esos cuatro papeles solistas. Se trata, por tanto, de una obra de marcado carácter lírico, lo cual quizás complique la escucha a las personas no familiarizadas con este género. De igual modo, la pertenencia del Réquiem al ámbito de la música religiosa puede significar un nuevo obstáculo, materializado sobre todo en que el texto cantado está íntegramente en latín; y aquí, a diferencia de otras músicas, sí es imprescindible conocer de primera mano lo que los intérpretes entonan para comprender aquellos apartados cruciales de la obra.

[Los versos siguientes aparecen a modo de selección representativa de cada parte. El texto completo puede encontrarse aquí]
[Dirección vídeos: Karl Böhm]


Requiem aeternam dona eis, Domine
Dales el descanso eterno, Señor,
et lux perpetua luceat eis.
y que la luz perpetua los ilumine.

El Introuitus comienza con un breve y solemnísimo pasaje instrumental que va ganando en intensidad hasta la entrada del primer coro de voces graves. Bastan los dos primeros minutos para percibir cuál será la tónica, a saber, la de unas voces que cantan en forma de canon (canon: composición en que sucesivamente van entrando las voces, repitiendo o imitando cada una el canto de la que le antecede) y que, llegado el momento, confluirán en el mismo texto, con ese “do-mi-ne” al minuto 1:48. Seguidamente, todo el coro emprenderá el segundo verso, estallando de hermosura en ese “lu-ce-at”. El siguiente solo de soprano dará paso a un coro que pide a Dios atender su oración.


Kyrie eleison.
Señor, ten piedad.
Christie eleison.
Cristo, ten piedad.

El Kyrie será un constante volver a estos dos versos, dirigiéndose las diferentes partes del coro unas veces a Dios y otras a Cristo. Todo ello envuelto en un contrapunto sencillamente extraordinario del que igualmente harán gala otras piezas con pocos versos.


Dies irae, dies illa
Día de ira aquel día
solvet saeclum in favilla,
en que los siglos serán reducidos a cenizas,
teste David cum Sibylla.
como profetizó David con la Sibila.

El Dies irae anuncia ese momento en el que presuntamente la historia tocaría a su fin y el hombre no tendría otra opción que presentarse ante Dios con todos sus pecados. Tanto aquí como en el resto de la secuencia (o sea, desde Dies irae hasta Lacrimosa), los versos riman en cada estrofa. Musicalmente, la fuerza de este Dies irae no disminuye en apenas ningún compás, correspondiendo a una temática en los versos que tampoco se presta a delicadezas. Probablemente el tramo más violento de todo el Réquiem.


Tuba mirum spargens sonum
La trompeta, esparciendo un asombroso sonido
per sepulcra regionum
por los sepulcros de las regiones
coget omnes ante thronum.
reunirá a todos ante el trono.
[…]
Quid sum miser tum dicturus?
¿Qué podré decir yo, desdichado?
Quem pratonum rogaturus,
¿A qué abogado invocaré,
cum vix iustus sit securus?
cuando ni los justos están seguros?

En Tuba mirum, puesto que el coro no participa, los solistas, por primera vez, pueden hacer auténtico alarde de sus capacidades, ayudándose del tiempo tranquilo que impone el andante. Las letras, verdaderamente agridulces en los tres últimos versos (minuto 3:19 en adelante), no oscurecen la belleza de un canto que, desde el bajo al soprano, reluce como nunca. Calidez maravillosa la del trombón inicial.


Rex tremendae majestatis
Rey de majestad tremenda
qui salvandos salvas gratis,
a quienes salves será por tu gracia,
salva me fons pietatis!
¡sálvame, fuente de piedad!

En Rex tremendae, la “f” de “forte” en los tres primeros “Rex” indica al coro que debe imprimir una cierta intensidad al canto. Parece como si toda alusión al altísimo en el texto debiera ir acompañada de un gran énfasis.


Recordare, Iesu pie
Acuérdate, piadoso Jesús,
quod sum causa tuae viae,
ya que soy la causa de tu venida,
ne me perdas illa die.
de no perderme aquel día
Quarens me, sedisti lassus,
Buscándome, te sentaste cansado,
redemisti crucem passus;
me redimiste padeciendo la cruz;
tantus labor non sit cassus.
tanto trabajo no sea vano.

Y si bien en la pieza anterior (Rex tremendae) el mensaje parece limitarse a un “Señor, sálvame”, aquí los versos empiezan a desplegar argumentos, una racionalidad de corte religioso presente por ejemplo en “ya que soy la causa de tu venida” o “tanto trabajo no sea vano”. Aunque el aporte de Mozart, tratándose de un réquiem (es decir, con textos predeterminados), no puede ser sino musical. En esta ocasión, la orquesta tiene un papel más importante, y regala temas tan deliciosos como el inicial. A su vez, las melodías proferidas por el cuarteto de solistas llaman a la reconciliación y al sosiego, apoyadas sobre la tonalidad de Fa mayor.


Confutatis maledictis,
Rechazados ya los malditos,
flammis acribus addictis,
y entregados a las crueles llamas,
voca me cum benedictis.
llámame con los benditos.

Los cielos no pueden acoger a todos, y algunos son arrojados a los abismos. En Confutatis, la gravedad de dicho descenso a los infiernos queda representada -por el coro- con un estallido cercano al del Dies irae. Resulta singular el hecho de que los dos primeros versos recaigan únicamente sobre las voces masculinas mientras que el tercero lo haga sobre las femeninas, muy posiblemente debido a que el tono condenatorio le era atribuido al hombre y la pureza del “llámame con los benditos” a la mujer. Subrayar asimismo el acompañamiento instrumental a partir del minuto 1:57, musicalmente simplón, pero de una amargura que se deja sentir.


Lacrimosa dies illa
qua resurget et favilla
iudicandus homo reus.
Día de lágrimas aquél
en que resurja del polvo
para ser juzgado el hombre reo.

Por derecho propio, Lacrimosa se ha ganado el título de embajadora del Réquiem: quien llega hasta la misa de difuntos mozartiana muy probablemente lo haga por el atractivo de una pieza “universal”, popularizada además por acción de Hollywood. Habla del hombre reo, y pide a Dios que ponga en práctica su gracia. No obstante, el famoso motivo musical correspondiente al “la-cri-mo-sa” bien puede servir para rememorar toda gran pérdida cuyo recuerdo llena de melancolía. Esperanzadores asimismo los pocos segundos protagonizados por el corno di bassetto (2:32).

De las partes restantes, merecen especial atención el Domine Iesu Christe, así como el Benedictus. La nota discordante la pone el Sanctus con dos minutos durante los que la tonalidad que preside el Réquiem durante casi todo el tiempo (Re menor) se ausenta, dejando espacio a un luminoso canto en Re mayor adornado mediante timbales que, según ciertos críticos, no habría gustado a Mozart; al fin y al cabo se trata de un réquiem, no de música para una coronación.

Sin necesidad de examinar a fondo réquiems previos (los de Michael Haydn o François-Joseph Gossec), el oyente puede percibir cuán diferentes son todos ellos de la maravillosamente insólita creación de Mozart, que renuncia a los gráciles contornos clasicistas para acercarse de forma prematura a un dramatismo -e ímpetu coral- que el siglo XIX haría seña de identidad. Mozart, aquí, marca sencillamente un antes y un después, revelando las posibilidades de un “subgénero” e invitando a futuros compositores (Verdi en 1874, Ligeti en 1963…) a continuar explorando su potencial (el del réquiem). Esencial.

12 comentarios:

  1. http://boxset.ru/wp-content/uploads/2011/03/bohm_mozart_requiem.jpg

    Links (formato FLAC):
    http://www.mediafire.com/download.php?py8ws93hf4356d9
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  2. He empezado a leérmelo hasta El réquiem, pero mother of God, esto requiere tiempo para leerlo bien y ya que por algún extraño motivo mi cuerpo los domingos me despierta a las 5-6h de sueño, voy a marcharme a hacer algo productivo con mi vida. Vuelvo en otro momento, aunque tengo que decirte que me encanta que alguien escriba sobre música clásica porque yo, tristemente y con mucha vergüenza he de decir que tengo poca cultura musical en lo que a música clásica se refiere. Asisto o oigo conciertos, sí, de hecho, el 4 de agosto voy a ir a ver a Albert Guinovart tocando a Debussy, pero soy una espectadora muy primitiva y visceral aquí, es sencillamente un me gusta/ me mueve por dentro o no.. (A todo esto tengo que decir que me enaltece el blog que alguien como tú se pase por ahí jaja. So, zenkiu)

    Por cierto, esta temporada que viene el Liceo ha programado para abril "La flauta mágica". Por si le pilla de viaje por estas tierras...

    (ah, otra cosilla, ando un poco confundida, perdona, ¿eres Dani?)

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    1. Sastamente, Dani, pero llámame como desees.
      Sigo siendo el zagal de cartera mustia al que no le llega para degustar un buen concierto, y mucho menos para una ópera escenificada en plan Metropolitan. El (creo) recital del tal Guinovart ya parece más asequible. Que lo disfrutes, por cierto. Debussy además no exige otra cosa que sensibilidad, y tú de eso pareces ir sobrada.
      En cuanto al "Réquiem" (suponiendo que hasta el momento no le hayas prestado mucha atención), acostumbrada como estás al género lírico, "deberías" devorarlo.
      Gracias por el comentario y por lo del enaltecimiento xD Sentimiento ser recíproco.

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  3. Pero qué campechano era Mozart. Me ha gustado muchísimo el post. Especialmente el marco político de la época, la verdad es que el siglo XVIII fue uno de los mejores, sin duda. Grandes músicos, literatos, emperadores que se las daban de intelectuales y mandaban a los propios intelectuales a la mierda. No sé, muy bello todo. Yo en cuanto a opera, siempre preferí a Wagner, tengo inclinaciones hitlerianas.

    Te quiero.

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    1. xDDD
      La época tiene su gracia, eso no admite discusión (nostante yo tiro más hacia el siglo XIX). El amigo Wolfgang tuvo que soportar a mucho capullo. De hecho su cambio de residencia más importante -de Salzburgo a Viena- vino motivado por la actitud hostil-tocapelotas del Colloredo, el que sustituyera al anterior príncipe-arzobispo del principado. Leopoldo II tampoco era que digamos muy fan de Mozart. Aun así, cuidaba -en términos económicos- de sus músicos. De ahí la frase famosa “¿800 florines por hacer esta mierdens?”.
      http://www.youtube.com/watch?v=i-ym2PEE500
      Abrazos.

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  4. Enorme entrada. Éste será mi texto a partir de ahora cada vez que quiera escuchar el Réquiem, que por cierto hacía siglos que no escuchaba.

    ''(...)y aquí, a diferencia de otras músicas, sí es imprescindible conocer de primera mano lo que los intérpretes entonan para comprender aquellos apartados cruciales de la obra.'' Ya te digo. Ésta es, además, una obra de Mozart singular en ese sentido. Quizás la única en la que haga falta conocer el libreto, lo que dice. En las demás óperas y cualquier constructo musical de Mozart, la 'idea' de fondo no está o es un misterio. Sencillamente se desarrolla firme y alegre, con sus altibajos pasionales. Música ''salida directamente de Dios'', o algo así diría el personaje cinematográfico de Salieri en la película 'Amadeus'.

    Lo tengo muy olvidado y lo tenía en mente en mi formato de compact-disc, pero me quedo, por supuesto, con Lacrimosa como mi parte preferida. 'Dies Irae' no recordaba que fuera así siquiera. Pero ahí me pasa algo curioso: conozco bien el 'Dies Irae' escrito, un agridulce poema medieval con el que lloraban hasta los santos. En la peli pintan a Mozart (junto con Salieri, pero bueno, vamos a perdonárselo) componiendo la parte de 'Confutatis', ¿recuerdas? Para mi el momento más emocionante de ''Amadeus''.

    Creo que no había oído jamás otro Réquiem, al menos conscientemente. Me acabo de poner el de Haydn y es verdad que justo ese tiene los contornos clásicos más definidos, y pierde toda la sublimidad al compararlo al de Mozart. Que bueno... Mozart tiene un buen puñado de obras de puro clasicismo, con su contorno, melodía principal y demás, pero en Réquiem hace otra cosa, quizás se adelanta hasta el siglo XIX - que es el que más me gusta -, como dices. De todas formas, esas obras 'clásicas' de Mozart tienen una naturalidad y elegancia que las hace perfectas. Y obviamente no soy yo quien lo dice, sino la Historia, que pone a cada uno en su lugar. O sea que, dejando de lado los gustos de cada cual, éste hombre merece la gloria que le ha caído encima.

    PD: Realmente interesante la historia del contexto en el que se escribió el Réquiem.

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    1. ¿Que no habías oído otro réquiem? Ya lo creo que sí, jarl.
      El Dies Irae de Verdi fijo, aunque solo fuera de pasada:
      http://www.youtube.com/watch?v=TVjDP0vlem4
      Y el de Ligeti también, por descontado. He aquí la prueba:
      http://www.youtube.com/watch?v=GgqI32JX_jY
      http://www.youtube.com/watch?v=GPKg2c_bRCs
      :p

      Ciertamente no recuerdo el momento ese que mencionas de 'Amadeus'. La vi hace tantos años... A Salieri no le habría sentado bien la inmortalidad. Entraría en la wiki, compararía la extensión del artículo suyo y el de 'Wolfgang Amadeus Mozart' y se cagaría en todo.

      En lo que dices de las óperas de Mozart... sí y no. (La verdad es que solo) He escuchado 'La flauta mágica', y nada abunda tanto en ella como las continuas referencias a la masonería. La trama, los personajes, los lugares... Todo ello alude de algún modo a figuras, prácticas y ámbitos masones. Pero en general tienes razón: Mozart es un exponente de la música pura, ajena a la manifiestamente sugerente música descriptiva que tanto protagonismo tomaría en el futuro.

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    2. Pues te recomiendo que veas 'Amadeus', que seguro que te gustará, ya digo, pasando por alto el falseamiento histórico. ¡Es una película!

      'La flauta mágica' es la ostra, tiene partes que me sulibeyan, del resto ni me acuerdo, supongo que no me emocionaría. Ya sabía que Mozart fue masón, de hecho es uno de los masones históricos más conocidos, pero no tenía pajolera idea de que 'La flauta mágica' tratase sobre ese tema. Suena interesante. De las Bodas de Figaro también me acuerdo un poco, pero no es lo mismo XD De todas formas no me refería tanto a las óperas como a cualquier composición de Mozart en general. Las óperas siguen una historia, claro, por eso quizás no sean el mejor ejemplo de lo que decía. Pero bueno, basta cualquier ''hit'' de los grandes éxitos del señor Wolfgang, como la 'marcha turca', la pequeña serenata nocturna.

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  5. Una obra tan extremadamente hermosa como el "Réquiem" necesitaba una muy buena entrada, Dani, y lo has conseguido. Y el de Ligeti, con el que acabas, es otra de mis debilidades. Como dice Raúl, en cuanto me quede solo en casa, me vuelvo a leer tu texto con la música de Mozart en el equipo.

    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Gonzalo. Ya había leído de tus inclinaciones por la locura coral ligetiana, conjunto de piezas que a mi oído le resulta bastante hostil. La música contemporánea y sus cosas.
      En fin, que la luz perpetua te ilumine xD

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  6. En mi cateta opinión, la obra más grande jamás escrita. Ojalá pueda escucharla alguna vez en directo en una catedral inmensa, Sevilla, Viena, oh, moriría de éxtasis. Hace unos años me mojé en eso de hacer listas, "tus cinco canciones para cuando te deja el novio", y el Réquiem de Mozart encabezó la mía. No es una canción propiamente dicha, claro, pero qué quieres que te diga, cuando hay que ponerse dramática un tema de 4 minutos se queda demasiado corto. O se sufre o se sufre. Gran post, me quedo un rato en las alturas.
    Besos!

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    1. Ay Lu, y si no es catedral, por lo menos basílica.

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